3. La Primera vez… The First Time…

Digo la “primera vez” porque relataré una que jamás he contado… la experiencia anterior dio inicio a todo, pero fue un accidente. Digo la “primera vez” porque ésta fue la primera a propósito. Sí, tal cual… A propósito, deliberadamente, voluntariamente, vamos, porque quise hacerlo, experimentar.

No quiero generar falsas expectativas de entrada, ni caer tampoco en fantasías. Fue en solitario, en la seguridad de mi casa, un día de verano, casi un mes después del accidente y estando completamente solo, una de las raras ocasiones en que me quedé en casa solo por más de varias horas.

Mis papás y mis hermanos (soy el menor de cuatro) salieron a un evento del trabajo de papá; yo por razones del entrenamiento de americano y por cuestiones de estudio no pude ir.

Lo recuerdo muy bien. A eso de las cuatro de la tarde, yo regresé a casa del colegio y del entrenamiento de americano. Comí bastante: un adolescente que juega americano, creo que come el doble de lo que un adolescente normal haría… A eso de las cinco y media me senté a hacer mis deberes escolares. Mi familia estaba ya saliendo de casa cuando sentí el primer aviso de necesidad de ir al baño… pero nada. Fue hasta el segundo aviso, unos veinte minutos después de que mi familia se había ido, que se me ocurrió la osada idea de experimentar un “accidente” fecal y urinario… pero de momento sentí la punzada de la cobardía y el remordimiento: “no lo hagas”, me decía… y, podría decir, por un momento pensé en no hacerlo e ir al baño como todo mundo, de forma normal.

Pero no fui y continué haciendo la tarea. Estaba en el escritorio de mi habitación, cuando sentí el tercer aviso… casi sin pensarlo decidí con gran osadía orinarme al menos… y así lo hice… suspendí por un momento mis deberes, me relajé, intenté en no pensar en ello y dejé que la naturaleza tomara su curso… ¡Qué gran orinada! La sensación fue espectacular, por un momento me sentí en otro espacio, en otro lugar, en otro mundo… estaba haciendo algo prohibido, malo, inmoral… pero era algo sensacional. Cuando caí en la cuenta de lo que estaba sucediendo estaba todo mojado y había un charco bajo la silla de madera. Sentí un poco de vergüenza y me levanté por un balde de agua y una jerga… limpié el asunto, pero no me cambié. Continué con lo que estaba haciendo.

Ahora fue cuando sentí el gran aviso de que otra cosa hacía un fuerte intento por salir de mí. Esta vez lo pensé por un momento: “esto ya es algo más osado –me decía-, y más delicado”; pero luego vino la idea: “pero ya estoy mojado y sucio, qué más da”. Así que por fin, deliberadamente me dispuse. Me relajé y comencé, esto sí, sin pensarlo tanto, un jueguito que aún hoy disfruto mucho: relajar – contener.

Y vino el primer problema: estaba sentado haciendo la tarea. Como que, acostumbrado a ir al baño, y sabiendo que lo que estaba a punto de suceder no era correcto, además de la oposición que supone el asiento mismo de la silla, me impedían realizar el proyecto. Tardé un poco en encontrar la solución correcta: simplemente levanté un poco mis nalgas del asiento y di un pequeño empujón al asunto…

Nuevamente la sensación fue genial. Sentir cómo poco a poco la mierda iba saliendo de mi ano, cómo iba llenando el calzoncillo, la sensación de rebeldía… ¡Wow, algo inusitado en mi vida! Simplemente sensacional.

Y lo mejor fue al sentarme. Esto ni lo pensé sino hasta después de haberlo hecho. Sentir cómo el asunto se esparcía en mis nalgas y llegaba a la base del pene fue algo totalmente indescriptible… aún hoy me costaría trabajo ponerlo en palabras y escribirlo.

Así estuve hasta que terminé la tarea. En realidad no fue mucho tiempo, para cuando me atreví a cagarme ya llevaba poco más de 80% de la tarea terminada, así que sólo habré estado en esa situación una media hora a lo más. Ahí, escribiendo en mi cuaderno, a los doce años de edad, sentado en mi silla, con los pantalones totalmente cagados y orinados (he de decir que me oriné una segunda vez, con un poco más de cuidado para no hacer nuevamente un charco bajo mi silla).

La limpieza, esa vez, no fue muy liosa. Simplemente me bañé, eché la ropa a la lavadora y tiré con mucho cuidado el calzoncillo, metido en una bolsa plástica, a la basura.

Debo agregar que al final de la experiencia me sentí muy raro. Un tanto extraño. Por un lado, la sensación de satisfacción de haber hecho algo no permitido por mi edad. Por otro, el sentimiento de remordimiento. Pero, por lo que he experimentado a partir de entonces, ganó la rebeldía.

Aún habrá más relatos, en adelante. Funske Bogdan, de México.

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